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A principios del siglo XVI Maquiavelo advirtió que la Historia, conciencia y experiencia de los seres humanos, es el instrumento más valioso de que pueden disponer los príncipes para el gobierno de su Estado. Un consejo que en nuestros días parece que estamos dejando de tener en cuenta. Burckhardt, probablemente el mejor historiador del siglo XIX, añadió que esa conciencia se presenta como un patrimonio, riqueza que una generación entrega a la siguiente, desde la que es posible levantar el futuro. Sólo los estúpidos son capaces de tirar por la borda esa especie de capital heredado lanzándose tras ella al vacío sin fondo de un mar sin orillas. Y esto es lo que pretenden quienes queman banderas, desvinculándose del tiempo pasado, o inventan una Historia que nunca existió a fin de convocar nuevos sentimientos. Hitler fue un maestro en estas lides. Arrastraba a las gentes invocando fantasmas, pero las masas le siguieron. Tarde llegó la hora del arrepentimiento. Recuerdo la impresión que en mi conciencia dejó, pocos años después de la guerra, la visión de Hamburgo. Me decía a mí mismo que era imposible que estuviera pisando el suelo en que nació la Hansa, viendo las olas que acunaron las panzas de los barcos que movían alimentos para las naciones del Viejo Continente, en un tiempo en que también nosotros, los españoles, estábamos comenzando a tomar conciencia de que lo éramos, vuelta la mente hacia Europa.

El documento más antiguo en que aparece el término «nación española» procede del siglo XIV y aparece referido a la comunidad de marinos y de mercaderes que se instalaron en Brujas. Hacía pocos años que, con este objeto, Diego López de Haro fundara Bilbao, al fondo de una ría que era abra hacia los caminos de un golfo, casi mar, al que Vizcaya daría nombre. Pues aunque el apellido nos informa sin lugar a dudas de que se trataba de un linaje venido del interior los servicios prestados habían hecho que la Corona otorgara al linaje en régimen de herencia el gobierno de uno de los dominios más apreciados. Junto a Vizcaya, Guipúzcoa, también abierta al mar. Y un poco al sur, lindando con ambas, Álava, que iba a dar a la nobleza española algunos de sus apellidos más importantes, en los valles de Mendioz y de Ayala. Tiempo atrás Castilla y Álava habían corrido, juntas, peligros y hazañas derivados del empeño de restaurar la Hispania perdida el 711 a causa de la invasión islámica. Fernán González estaba en la memoria común. Ahora los marinos cántabros, desde Fuenterrabía -que así aparece nombrada en los documentos- hasta Castro Urdiales y Laredo, habían creado una Hansa española. La llamaban Hermandad de la marisma y en sus astilleros comenzaron a fabricar sus barcos, diciendo «cocas» porque era muy difícil pronunciarlo en alemán: «kogge».

Y llegaron a Brujas: hierro vizcaíno, vino del interior y de Francia y lana merina de la Mesta que sostenían el gran comercio lucrativo también para los flamencos. Eran sobre todo transportistas, que en esto consistía la esencia del negocio. Para los empresarios de la tierra ayuda muy preciosa ya que sin las guedejas castellanas no podía seguir progresando su industria textil. Les reconocieron como lo que eran «universidad de mercaderes» y los franciscanos les ofrecieron una capilla en su convento. A la hora de fijar un nombre pusieron el de «nación española» y buscando un emblema cogieron los lobos, que es lo que significa López, y los plantaron delante de una imagen del árbol de Guernica. Tres signos de identidad que ya no se olvidarían. Algunos años más tarde el Rey de Aragón, Pedro «el Ceremonioso», recordó a su yerno, Juan de Castilla que, a fin de cuentas, también sus súbditos eran españoles y alguna parte debían tener en aquel comercio. La propuesta fue lógicamente aceptada y en consecuencia, barcos catalanes y valencianos, pudieron unirse a la flota que, dos veces al año, cruzaba el golfo de Vizcaya. Bonita historia ¿verdad? Y muy aleccionadora pero que, desde luego, no figura en los libros con que ahora se pretende formar la mente de los niños que no deben respirar el «maloliente» olor de una bandera española.

Mal que pese a quienes complacería volver a las viejas rencillas de oñacinos y gamboinos, el término nación española nació vinculado al árbol de Guernica como también la bandera española saca sus colores, segun intuición muy correcta de Carlos III de los de aquella senyera que «bandera nuestra antigua del Principado de Cataluña», enarboló en 1323 Jaime II cuando pisaba playas de Cerdeña emprendiendo la afirmación mediterránea. Algo que deberían saber también quienes ahora la queman. Pues que todo nació de aquella conciencia de unidad que englobaba libertades muy sólidas en la estructura de una Monarquía que invocaba también remotos antecedentes de una nación hispana, llegada hasta nosotros como una especie de síntesis entre romanidad y cristianismo que procuraba encontrar una versión del hombre como dotado de derechos naturales humanos, «derecho de gentes», de los cuales el primero se refiere a la vida.

Hace ahora poco más de quinientos años, en torno a 1470, cuando Isabel y Fernando estaban empezando a construir, con muy escasos medios, esa Unión de Reinos que llegaría a ser la Monarquía española, fueron precisamente los vizcaínos, que acababan de superar la dura prueba de Munguía, los primeros que acudieron a prestar juramento de fidelidad, junto con mis antepasados, los terribles asturianos. Treinta años después volvemos a encontrarlos juntos, pero a las órdenes del Gran Capitán, que estaba construyendo con ellos seguridad para Europa. Y, en aquella ocasión -volvemos a 1472- Fernando prometió, y cumplió, que tan pronto fuera Rey, acudiría a la sombra del árbol para jurar, en castellano, desde luego, los fueros y libertades de aquella tierra que era su patrimonio. Nombre y conciencia constituyen una profunda unidad. Si un día la perdiésemos los primeros en llorar la desgracia serían precisamente aquellos que hoy no parecen entenderlo. La miopía política se paga. Y, si no me creen, lean, despacio, las «Bienandanzas y Fortunas» de Lope García de Salazar y sabrán lo que les espera. Es tópico repetido que los pueblos que olvidan su Historia están condenados a repetirla. Con lágrimas, desde luego.

 

 

Ultima modificación: 05/05/13